sábado, mayo 03, 2008

Sobre principios

A raíz del suceso en el café Río de la Plata, me he replanteado algunos aspectos que tenía bien claros.

Por norma general evito entrar en bares que estén en manos de chinos. La razón es bien sencilla, me cabrea ver como bares españoles han tenido que cerrar porque han abierto un bar llevado por chinos justo en el local de enfrente, utilizando una competencia bastante guarra en mi opinión, que ha terminado por hundir el negocio español.
La estrategia ha sido similar en la mayoría de casos: se abre el bar chino dejando los precios más baratos que el bar español, picoteo incluido. En ese momento hay una guerra de precios, durante la que los chinos logran dejar los precios en un nivel casi ridículo, por lo que el bar español no puede seguir la disputa y ha de cerrar ante la escapada de clientes. Tras el cese del negocio español, el bar chino sube los precios al mismo nivel que tenía el bar español o incluso los eleva un poco-

De esta forma han logrado cambiar calles enteras como el paseo Calanda, antiguamente repleto de terrazas llevadas por españoles, y actualmente la mayoría están en manos chinas.

Pero sucesos como el que menciono en el anterior post hacen replantearme si realmente se merecen algunos bares que sigamos yendo. Desde luego el café Río de la Plata no se lo merece. Que no cuesta tanto ser amable con los clientes y tener dos dedos de frente, creo que no es mucho pedir.

Viva la estupiedez

Un viernes por la noche, tras todo un dia de estudio, no está de más relajarse con unos amigos en una terraza de un bar cualquiera, y más aún con este tiempo, que ya empieza a notarse el calor.

La noche es buena, hay poca gente en el bar, en la terraza solo hay un par de mesas ocupadas a parte de la nuestra, por la plaza pasea la gente sin prisas y no hay excesivo tráfico en la calle, quizás sea el puente de mayo que se deja notar.

Llevamos un rato hablando de nuestras vidas, hablando de viejos viajes y poniéndonos al dia de nuestros futuros planes. De fondo un ligero murmullo de las conversaciones que llegan de las otras mesas, mezclado con el ruido de la calle y el calorcillo crea un ambiente relajado. Aparece una baraja sobre la mesa, una clara propuesta de una amiga para jugar una tranquila partida.

Tras un rato de juego, se nos acerca el camarero y nos dice que está prohibido jugar a las cartas. Algo no me cuadra... podemos estar horas hablando de nuestras cosas y no podemos jugar con unas tristes cartas? Con nuestras propias cartas? Miro a ambos lados, las mesas están vacias, apenas hay clientes a estas horas en el bar. Miramos al camarero, que se larga de inmediato, sin creernos todavía lo que acabamos de oir.

Al rato vuelve a pasar el camarero camino a la barra, y cuando pasa por nuestra altura nos dice, sin detenerse, un intento de disculpa casi en un susurro, con una mirada esquiva, argumentando que es cosa de su jefe.

No le damos importancia, ya sabemos que la estupidez humana no tiene límites. Puede que él no tenga la culpa y sea un mandado de sus jefes, no importa, la estupidez se propaga, es una propiedad inevitable.

Nota mental: no volver a pisar el café Río de la Plata, situado en la Plaza Roma, al menos hasta que recobren un poco el sentido común, cosa que dudo que pase.